Lifestyle. Maddock Madrid (Club Kviar)

Hello, beauties!

Tenía muchas ganas de abrir esta sección en el blog, porque en esta vida, ¡no todo va a ser maquillaje! Y yo disfruto mucho de mi ocio y mi tiempo libre. Así que tenía muchas ganas de dejar reseñas de los sitios que visito y de mi experiencia en ellos.

Además, soy socia del Club Kviar, que es una organización que facilita reservar en restaurantes de lujo, y, en ocasiones, hasta ofrece descuentos del 30% sobre el precio de carta en las consumiciones de los socios. Sólo en ciertas franjas horarias. Es un club que funciona genial, al que pertenezco desde hace años y con el que he podido conocer restaurantes chulísimos, así que me encanta tener este espacio en el que reseñar, más a fondo, los restaurantes que ofrece.

Club Kviar no patrocina estas reseñas de ninguna manera (¡ojalá!). Hago esto porque me apetece tener un listado de los lugares que visito para recordar después mi experiencia por si decido volver.

Dicho esto, empezamos con mal pie. Reservé en Maddock Madrid porque me pillaba cerca de casa y porque tenía unas reseñas estupendas. Pero vamos poco a poco.

La reserva la hice a través de RESY, que es la compañía que desde hace unos meses gestiona las reservas del Club Kviar.

Llegamos al restaurante unos diez minutos antes de la hora de la reserva y el chico que nos atendió no nos puso ninguna pega. Pero al buscar mi nombre, me preguntó “Kviar?” y esto ya me resultó sorprendente. Llevo años reservando en restaurantes a través del Club, y es la primera vez que alguien me pregunta si la reserva es de ellos. El Club Kviar ofrece discrección. En su web, claramente, explican que la reserva se hace a nombre del cliente y que no hay que decir nada más. Imaginad que he hecho la reserva para mi empresa y que voy acompañada por un cliente muy importante. Menudo chasco si te identifican así en una experiencia en la que te habían prometido que sería igual que para cualquier otro cliente.

Afortunadamente, iba con mi novio, así que me dio igual.

A nuestra llegada, me sorprendió la oscuridad del local. Butacas acolchadas en la barra que le dan al local un aspecto vintage, y varias mesas pequeñas distribuidas por la sala. Nos llevaron al fondo del local donde está el salón y la verdad es que me encantó.

Muy luminoso, con una cristalera que da a un mini jardín por el que entra un montón de luz, pero poco sol (no sube la temperatura lo que es genial). El salón estaba completamente vacío excepto por una mesa con tres comensales en una esquina. Cuál es mi sorpresa cuando el camarero nos sienta justo al lado. En una mesa tan pegada a la suya que tuvimos que separarla para acomodarnos. De hecho, a lo largo de la comida, como era complicado mantener una conversación sin molestarnos mutuamente, las chicas se disculparon con nosotros por hablar alto o reírse, por si nos molestaba. Les dijimos que en absoluto y se preguntaron en voz alta, por qué motivo, estando todo el local vacío nos habían sentado tan pegados.

En fin, el camarero nos trajo las cartas. Si bien es cierto que coincide con lo que se puede ver en la página del Club, nos pareció un poco limitada en cuanto a platos principales.

Nuestra comanda fue la siguiente:

  • Verduras al carbón con yema curada, queso de cabra caramelizado y láminas de foie.
  • Lasaña de vaca vieja gallega y shitakes sobre crema de tomate seco y fina bechamel de queso de cabra
  • Bacalao negro glaseado al horno con salsa de miso

Ninguno de los dos sabemos mucho de vino, así que, de beber, un poco a suertes, pedimos una botella de verdejo Perro Verde (23 euros. Viendo su precio de unos 8 o 10 euros en internet, veo que está bastante inflado, la verdad).

El entrante, para compartir, vino enseguida. En muchos restaurantes, directamente sirven a los comensales cuando van a compartir un plato. En éste no. Dejaron el plato en medio y nos encargamos nosotros de servirnos. La verdura estaba buenísima, la verdad. El plato nos gustó un montón.

Poco después de terminarlo, llegaron los segundos, que también compartimos. El bacalao estaba en su punto, y la salsa de miso estaba espectacular. Venía acompañado por cebollitas francesas caramelizadas que también lo complementaban estupendamente.

La porción de lasaña era enorme, así que nos pusimos finos. Estaba muy buena, la verdad, pero tampoco era espectacular. Correcta, sin más.

El vino resultó estar riquísimo, y acompañó la comida bastante bien. Sobre todo maridaba estupendamente con el bacalao, porque el sabor afrutado del vino potenciaba el glaseado y la caramelización de las cebollas. Me gustó mucho la combinación.

A la hora del postre nos trajeron la carta de nuevo. Había un montón de cosas para elegir.

postres

Cuando ya nos habíamos decidido por un Maddock bomb de chocolate y dulce de leche y una tabla de quesos nacionales e internacionales, vino el camarero disculpándose y nos retiró la carta. Nos dijo, “es que su carta es ésta, porque vienen del Club Kviar.” y nos dió la misma carta que al principio. Nuestra cara de WTF tuvo que ser un poema. Ninguno de los dos postres escogidos estaban en ella, así que nuestro gozo en un pozo. Y nuestro cabreo en aumento.

Durante el rato que habíamos estado comiendo, había llegado mucha más gente. En una mesa cercana, los comensales tuvieron que pedir las servilletas, porque no se las habían puesto. En la mesa de al lado nuestro, escuché a los comensales quejarse varias veces de lo mucho que estaban tardando en servir. Todo esto estaba estropeando nuestra experiencia por momentos. Añadimos el cambio de carta, y la total ausencia de decoro al llevarlo a cabo y la verdad es que yo ya estaba lista para levantarme e irme.

Al final, pedimos tarta tatín de manzana con helado de dulce de leche y tarta de galleta y limón.

La tarta de galleta y limón era muy cremosa, muy contundente y con mucho sabor. Exquisita.

La tarta de manzana venía recién salida del horno y estaba espectacular.

Un diez para los postres.

Pedimos la cuenta y nos la trajeron en seguida. Yo no puedo quejarme de que tardaran en servirnos en ningún momento. En ese sentido muy bien. Cuando nos dejó la cuenta sobre la mesa, el camarero nos dijo “Viene un 30% aplicado”. Creo que el comentario sobraba. Eso sí, quizá lo hizo porque en la cuenta no venía ni una anotación al respecto del descuento aplicado.

En resumen, salimos casi corriendo del restaurante sin ninguna gana de volver, pero con las tripas bien llenas. La comida era muy buena, no voy a mentir, estaba todo muy bien elaborado, muy bien presentado y muy rico. Pero el servicio, el cambio de las cartas, y el “estigmatizarnos” de alguna manera por haber reservado a través de un club, a mí me amargó bastante la experiencia. Al señor Lupulito, que es mucho más tolerante que yo, también le sentó bastante mal, pero no estaba tan enfadado como yo.

Por cierto. De la forma más tonta, buscando los links para enlazar en este blog, he encontrado que este restaurante consta en El Tenedor, con hasta un 40% de descuento. Me pregunto qué carta le dan a los comensales que reservan a través de El Tenedor. Si alguien lo ha hecho, por favor, que me ilumine en los comentarios. Muchas gracias.

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